Archivos de la categoría ‘Historia de nuestra clase’

Con él se va todo un testimonio vivo de los acontecimientos que sacudieron el país hace más de treinta años, cuando el movimiento obrero que dio el pistoletazo de salida en las huelgas mineras de los años sesenta estuvo a punto de tirar por tierra la dominación burguesa mientras que los políticos jugaban a hacer “democracia”. Marcelino Camacho, secretario general del sindicato Comisiones Obreras, con más de catorce años de cárcel y represión a la espalda por su combate a favor de las “libertades”; fue sin duda una figura destaca de la Transición democrática tanto como dirigente de CCOO como militante del PCE, y es por ello que hoy toda la izquierda honra su trayectoria.

Tras haberle dado por muerto cuando sólo estaba gravemente enfermo, finalmente los 92 años de edad y las complicaciones propias de la senectud acabaron con su vida. Su capilla ardiente se encuentra en la sede de Comisiones Obreras en Madrid, y hasta allí se han desplazado antiguos y actuales compañeros del combate que él lideró hace ya muchos años: el combate contra el proletariado. En la burguesía de izquierdas sólo hay palabras de elogio para un hombre que entregó al movimiento obrero a los leones cuando la amenaza de la insurrección proletaria en España llamaba a las puertas del sistema que, con tanto sacrificio y abnegación, sus compañeros Santiago Carrillo o Dolores Ibárruri habían defendido.

La izquierda burguesa le debe mucho, porque en su condición de sindicalista nunca puso en jaque la dominación burguesa capitalista. Le hizo una Huelga a Felipe González que tumbó la ley del contrato juvenil, ¡a un gobierno de izquierdas! Y es por ello un gran hombre, todo un luchador, de jerseys hechos a mano y gafas gruesas de pasta. Los propios trabajadores así lo reconocen. No obstante, hubo otra generación de trabajadores, anterior, que vivió en sus propias carnes lo que fue la total subyugación del movimiento obrero autónomo, constituido en las Comisiones Obreras que plagaron la geografía española desde las huelgas del ’62, a los designios de la estructura burocrática y antiobrera del Partido Comunista, que no tardó en aprovechar para apoderarse de la dirección de las CCOO en todo el Estado español (véase el caso de Barcelona, donde las CCOO fueron creadas por el PSUC para hacerse con el control del movimiento huelguístico en toda la ciudad) y convertirlas en sindicato-aparejo de pesca de la burguesía. La autoorganización del proletariado quedó así aplastada, y el papel que Marcelino Camacho jugó no fue precisamente secundario.

Los trabajadores autoorganizados y tremendamente combativos amenazaban con poner patas arriba el sistema de dominación burgués, en el cual los sindicatos campan a sus anchas como agentes mediadores y apaciguadores del conflicto entre capital y trabajo. ¡Eso era inadmisible! Y más aceptando los presupuestos que manejaba toda la “izquierda” (salvos casos honrosos como las Plataformas de Comisiones Obreras, el Fomento Obrero Revolucionario y el MIL-GAC), que creía en la necesidad de una “evolución-revolución democrática” en España. En este marco de acontecimientos, mete las manos el Partido Comunista para alzarse en las cúspide del movimiento obrero y desviar su lucha hacia un combate estéril bajo la etiqueta del “antifranquismo”. La presencia de un sindicato firmemente constituido durante los años del tardofranquismo fue bien recibida por los trabajadores, que frente al Sindicato Vertical Franquista, acabaron cayendo en la ilusión falsaria del “sindicato de clase” que decía ser Comisiones Obreras.

Cuando se inició el periodo de la transición, Marcelino Camacho se convirtió en el abanderado de Comisiones Obreras en calidad de Secretario General. En la famosa Asamblea de Barcelona sentó las bases para construir una estructura confederal sindical que minara las bases del movimiento autónomo sobre cuyo aplastamiento se había erigido y al que sólo rendía culto por las siglas y el nombre. Este señor que hoy nos ha abandonado, no tardó en sumarse al proyecto reconstitutivo del formalismo democrático burgués que se inició con la Transición, en la que Comisiones Obreras tuvo un comportamiento ejemplar que se hace extensible a un PCE. Moscú no necesitaba una revolución socialista que pusiera en entredicho su bloque hegemónico de dominación burguesa hecha pasar por “socialismo”, no quería que el proletariado español le rasgara las vestiduras y quedara al descubierto su verdadera faz. El PCE siempre fue un satélite de Moscú, como siempre lo fueron Carrillo, Dolores Ibárruri y compañía (incluyendo, por supuesto, a Marcelino Camacho). Por eso es que hoy toda la burguesía le rinde tributos, porque estuvo a la altura de lo que a todo líder sindical se le exige. Por eso hoy Comisiones Obreras es un sindicato que de comisión tiene poco (en sentido de representación unitaria) y de obrero aún menos si cabe.

De Marcelino Camacho dicen que fue todo un combatiente por la causa de los trabajadores. Así de bien se asimila el concepto “lucha proletaria” y “sindicato” en el ideario burgués. Camacho, de orígenes humildes, creyó toda su vida estar defendiendo la causa del proletariado. No dudamos que ése fuera su objetivo, pero, como tantos otros, adoptó los medios equivocados y cayó bien pronto en la lógica del sistema.

Pese a todo, desde aquí todo nuestro apoyo a la familia porque no deja de ser una persona que fallece y una familia rota por el dolor. Hasta siempre, Marcelino. Contigo se va una parte de la historia de este país; y el CREE confía en que, contigo, se vaya también como consecuencia del auge del movimiento obrero, ese fardo que hoy pesa demasiado a las espaldas de las masas trabajadoras y que tú y nosotros llamamos sindicalismo.

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Movimiento Ibérico de Liberación-Grupos Autónomos de Combate

¡Fuera las manos del Movimiento Ibérico de Liberación-Grupos Autónomos de Combate!

Hemos de admitir nuestro profundo desconocimiento respecto a la existencia de los contenidos teóricos y programáticos que movían la acción de este grupo armado de corte consejista. Al igual que muchos otros, caímos en el error de dejarnos embaucar por las informaciones parciales e interesadas que nos llegaban del medio social burgués, que dibujaba el MIL como una pandilla de anarco-nihilistas terroristas que empezaba y acababa en Salvador Puig y su lucha “anti-franquista”.

Cuanto menos, ése acontecimiento es el tributo de sangre final de una organización revolucionaria profundamente ligada al medio proletario (lo cual la diferencia brutalmente de otras corrientes “revolucionarias” armadas como el GRAPO o ETA), en especial a las primigenias Comisiones Obreras y a grupos de combate obreros autoorganizados en el medio proletario de Barcelona. Estaban en estrecho contacto con los militantes salidos de Socialisme ou Barbarie que se reunían en la biblioteca parisina La Vieille Taupe; destacando la correspondencia mantenida con Jean Barrot (más conocido como Guilles Dauvé) y Pierre Guillaumme. Esta correspondencia era su principal guía teórica, cercana al consejismo heterodoxo promulgado por los militantes franceses; que no dudaron en ningún momento en salir al paso denunciando en una edición falsa de Le Monde diplomatique la entrada de fuerzas de intervención en los círculos cercanos al MIL; que, curiosamente, estaba formalmente disuelto cuando Salvador Puig fue asesinado.

Nuestra posición es humilde pero nuestra decisión no es menos arrojada a sacar de encima la mierda que la oficialidad burguesa ha echado sobre uno de los pocos grupos marxistas genuinos del Estado español (que se vendría a sumar al Fomento Obrero Revolucionario del fallecido Munís), del que prácticamente nada se sabe en el medio proletario actual. Revitalizar la memoria perdida de nuestros años de lucha en el periodo del tardo franquismo, aquella que falsamente se hace pasar por “democrática” y/o “antifranquista” es una necesidad perentoria en el momento actual; ahora cuando nuestras luchas repuntan y la reapropiación de nuestra historia de clase se convierte en una de las armas fundamentales para plantar cara al capitalismo y al orden social burgués.

Para saber más sobre el MIL-GAC, invitamos a pinchar sobre estas dos direcciones: http://bataillesocialiste.wordpress.com/2009/04/20/un-esbozo-de-la-historia-del-mil/ (artículo de Sergi Rosés sobre el MIL); y: http://www.mil-gac.info/ (página web donde encontraréis digitalizados distintos artículos y correspondencias del MIL-GAC).

¡Por la recuperación de nuestra memoria subyugada al poder burgués!

Daniel de León (1852-1914)

Acercamos ahora a nuestros lectores un artículo escrito en 1979 por el revolucionario mexicano García Munís (ex-militante trotskista en las filas del SBLE durante la Revolución y Guerra Civil españolas y fundador del Fomento Obrero Revolucionario cuando se cristalizó su definitiva ruptura con el Abuelo (Trotsky), la IV Internacional y sus posiciones ante la II Guerra Mundial; y las distintas fracciones que del trotskismo se reivindicaban) que nos acerca un poco más a conocer la figura de Daniel de León, teórico marxista y militante del Partido Socialista Obrero Norteamericano que se convirtió en uno de los fundadores del sindicato de corte anarcosindicalista Industrial Workers of the World (I.W.W.).

Para muchos, incluidos los militantes del CREE, Daniel de León no había existido. Hombre olvidado dentro del movimiento obrero internacional, sus aportes casi han quedado en el baúl de los recuerdos, apenas recuperados por la Izquierda Comunista a la que mucho antes de su existencia ya parecía pertenecer conforme a la claridad de sus posiciones. García Munís le brinda un sincero homenaje en este artículo, aparecido en Bataille Socialiste y que nosotros recuperamos gracias al compañero Grauss y su blog: http://prol-dissidenten.blogspot.com/

Daniel de León es uno de los teóricos más valiosos del movimiento revolucionario mundial. Su pensar es hondo, vasto, certero, fluye de un gran respaldo histórico, de un conocimiento minucioso de la lucha de clases coetánea y alcanza un futuro sólo por él oteado, el de nuestro tiempo. Lo descubrirá el propio lector en la presente obrita, que data de 1902.

Y sin embargo, Daniel de León fue desconocido en cuanto teórico, sigue siéndolo hoy, y su propia calidad de hombre militante está en la penumbra.

No son muchos, en efecto, los datos estrictamente biográficos que de él pueden darse, quizás porque guardaba, al parecer, excesiva discreción tocante a si mismo. Hijo de padres hispano-americanos, vio la luz el 14 de diciembre de 1852 en Curaçao, pequeño islote de las Antillas bajo dominio holandés, cerca de la costa venezolana. A la edad de 14 años, sus padres lo enviaron a Alemania por razones de salud y de estudios. Tras examen médico fue puesto bajo vigilancia facultativa, en un colegio de montaña, en Hildesheim, ciudad del Hanover. Residió y estudió allí durante cuatro años consecutivos, hasta el estallido de la guerra fanco-prusiana, en 1870. Fue entonces a terminar sus estudios en Holanda, Universidad de Leyden, durante dos años.

Vuelve a América en fecha indeterminada, pero no para instalarse en Curaçao, ni en Venezuela, sino en Nueva York. Durante dos años enseña latín, griego y matemáticas en un colegio de Westchester, Estado de Nueva York, mientras por su propia cuenta se entrega al estudio del Derecho romano, conocimiento que tan útil le sería, más tarde, para descubrir las trapacerías de los líderes “obreros” modernos. De sus proclividades ideológicas entonces, da idea su colaboración periodística en publicaciones de los refugiados políticos cubanos, en agitación contra el dominio de España.

Estudia derecho en la Universidad de Colombia y obtiene el primer premio al mejor ensayo sobre Historia y Derecho constitucionales, más un segundo premio por otro ensayo sobre Derecho Internacional. Catedráticos y autoridades académicas le predicen un porvenir brillante, con todos los destellos áureos que el término tenía en Estados Unidos, entonces aún más que hoy. Los diplomados de su promoción hicieron, en efecto, carrera y amasaron grandes fortunas. Daniel de León vivió siempre al día y murió pobre.

Trabajó en la misma Universidad de Columbia como adjunto a la cátedra de Derecho Internacional. Tenía allí asegurado el puesto de catedrádico titular y una situación económica muy privilegiada. Pero, hacia 1886, su incorporación al movimiento socialista americano era notoria, lo que le valió la enemiga del medio docente en que se encontraba, superlativamente gazmoño, y en particular la de las autoridades académicas. Sin vacilar, Daniel de León dimitió para consagrarse por entero a la causa revolucionaria de la clase trabajadora.

Las circunstancias en que se encontraba el Partido Socialista Obrero, en el momento en que Daniel de León se incorporó a él, eran más propias para inspirar recelo que atracción, aunque para conocerlas bien era preciso actuar en su seno. Por aquellas fechas, el Partido en cuestión, más buena parte del movimiento obrero americano, los dominaban emigrados políticos alemanes. Llegaron éstos a Estados Unidos durante el período de gran dinamismo, prosperidad y expansión subsiguiente a la guerra entre Norte y Sur. El torbellino de los negocios fáciles y del aburguesamiento sorbía a cuantos no habían hecho de la revolución algo indispensable a su existencia y a su propia dignidad personal. Sabido es que incluso trabajar como obrero entonces era, con frecuencia, una etapa provisional, de paso a la pequeña burguesía, y de ahí en adelante en no pocos casos. Los refugiados políticos alemanes dominantes en el Partido Socialista Obrero empezaron su metamorfosis en burgueses disimuladamente, tomando el Partido por base y pantalla de un negocio editorial privado. Tenían constituida una cooperativa que publicaba un diario y un semanario en alemán y otro semanario en inglés, The People. Aparentemente se trataba de órganos de expresión socialista, pero ninguno pertenecía en propiedad al Partido, de manera que los señores de la compañía estaban en condiciones de imponerles legalmente su voluntad. Engels decía de ellos despreciativamente, en carta a Sorge : “Esos caballeros pueden estar satisfechos … su negocio debe encontrarse floreciente”.

Mientras los tales emigrados iban camino derecho a la burguesía, Daniel de León marchaba a contrasentido de ellos, entregándose en cuerpo y alma a la revolución social. La suerte quiso entonces, mediando carencia de hombres aptos, que fuese nombrado subdirector de The People, y que al poco se hiciese cargo de la dirección, abandonada por el director anterior. El conflicto entre él y los propietarios del periódico no tardaría en estallar, bajuno, innoble por parte de éstos, que a partir de ese momento no vacilaron en arrojar sobre él falsas acusaciones. Daniel de León se propuso dar al periódico y al Partido neta expresión revolucionaria, que estaban lejos de tener. Reclamó, en consecuencia, la plena propiedad de la publicación para el Partido, condición previa de la independencia política del Partido mismo. Los propietarios “socialistas” liquidaron el problema despidiendo pura y simplemente a Daniel de León, como hace un patrono cualquiera con un empleado díscolo.

Fue esa primera batalla política, y un choque rudo con los líderes obreros oficiales, probable germen de la idea desarrollada más tarde comparando esa especie moderna con la antigua, los Tribunos y líderes de la plebe romana. De todos modos y a despecho de los emigrados alemanes convertidos en negociantes, el saldo de esa lucha fue un éxito importante para el Partido socialista y para de León personalmente. La organización consiguió tener un órgano de expresión en propiedad suya y forjar libremente ideas y temple revolucionarios. De León dirigiría The Daily People hasta el fin de sus días.

Su integridad personal, su fuego revolucionario y su capacidad teórica le valieron insistentes campañas de calumnias, no sólo por parte de politicastros capitalistas, lo que es siempre de esperar, sino también, y preponderantemente por momentos, por parte de líderes dichos socialistas. Medio siglo antes de que Stalin, recogiendo lo escrito en un folleto por el Estado Mayor zarista, acusáse a Trotsky y tantos otros revolucionarios, de espionaje, venta al capitalismo y mil calumnias más, líderes “obreros” y plumíferos burgueses estadunidenses cargaron contra Daniel de León con idénticas patrañas, sin que faltase la de espionaje. Los reaccionarios tienen entre sí reflejos defensivos similares, por mucho que los separen el tiempo e intereses privados.

Sin dejarse impresionar por nada, ni enmudecer ante los golpes más pérfidos, de León prosiguió el trabajo de formación del Partido Socialista Obrero, al mismo tiempo que estudiaba las condiciones del capitalismo y el papel desempeñado por los líderes obreros cerca de la clase trabajadora.

Su obra práctica, organizativa, aunque menos duradera que su obra teórica, tuvo un mérito raro debido a las circunstancias de su realización. En medio de un capitalismo próspero como ningún otro, cuando todavía numerosos obreros encontraban ocasión de salir de su clase hacia la burguesía, esperanza que muchos de ellos abrigaban, el Partido Socialista Obrero fué reforzándose gracias en gran parte a de León, y adquirió contornos netamente proletarios. El testimonio mayor de ésto fue su actitud internacionalista frente a la primera guerra mundial, supremo trance demostrativo, pues cualquier partido que blandee ante las añagazas nacionales se exluye de la revolución.

Testigo de una industrialización acelerada, ya por grandes unidades de producción y por zonas extensas de Estados Unidos, que inclinaba decisivamente la preponderancia demográfica del lado proletario, Daniel de León comprendió, desde finales del siglo XIX, que la tan repetida “emancipación del proletariado por el proletariado mismo”, encontraba en el conjunto de esas células de producción, y a partir de cada una, el fundamento orgánico de su puesta en práctica. ¿Cómo? Tomando posesión los trabajadores de todas las unidades de producción, centros distributivos incluidos y reorganizando la producción ajustándola a criterios de consumo, no mercantiles, mediante representantes electivos nombrados en las unidades de producción mismas. A eso le llamaba de León “República Socialista”. Así, lo que Marx preveía como “fase inferior del comunismo” adquiría un punto de apoyo funcional concreto, y tan certero, que hoy mismo no se columbra otra manera de acometer la supresión de las clases.

La idea se desprendía de las obras económicas y revolucionarias de Marx. Incluso se encuentra indirectamente expresada en ellas. Lo que hace de León es señalar el instrumento de transformación de la teoría en realidad cotidiana. Se lo sugirió, por un lado, el vertiginoso desarrollo industrial que estaba presenciando en Estados Unidos, país el más cabalmente capitalista del mundo, porque exento de los detritus europeos de formaciones sociales anteriores ; por otra parte, la sugerencia procedía, inequívoca, de la pujanza potencial de un proletariado en plena expansión numérica.

Esto último y la gran industria generalizada representaban para la revolución una facilidad objetiva superior a cuanto ofrecían entonces los países de Europa. Pero existía una contrapartida importante, un obstáculo mayor a vencer. Lo señaló con netitud y fuerza excepcionales la bien focalizada lucidez de Daniel de León. Vio que entre el proletariado y la posesión de los instrumentos de trabajo, entre la clase revolucionaria y la revolución, levantaban pétrea barrera los “líderes obreros”. Sin quitarlos de en medio, imposible acabar con el capitalismo. La certidumbre de ello fue madurando durante años en la reflexión teórica de de León, fechorías sindicales mediante, y su conocimiento de la civilización antigua -ascensión y decadencia- le permitió trazar el perspícuo parangón entre los líderes de la plebe en Roma y los líderes políticos y sindicales modernos a continuación editado.

Ese parangón constituye, sin la menor duda, el acierto de mayor alcance, el mérito hoy indiscutible de Daniel de León. Líderes y tribunos de la plebe no constituían en realidad parte de esa plebe, sino por un atavismo jurídico frecuente en la evolución humana. El derecho original patricio los clasificaba dentro de la plebe; sus haberes y su género de vida los distanciaba de ella totalmente. Eran en realidad advenedizos sin la legalidad noble de la vieja clase patricia. Hablando en nombre de la plebe, arrastrándola a menudo mediante reivindicaciones fútiles, iban sacando adelante sus propios intereses económicos y políticos, sin que la plebe dejase de ser plebe desposeida y maltratada. La victoria de los líderes cerró el camino a toda transformación positiva de la sociedad, la civilización antigua se abismó en la corrupción decadente que desembocaría en las invasiones bárbaras, el retroceso cultural, el desmembramiento… y un milenio de marasmo humano, hasta la recuperación sobre otras bases.

Los líderes modernos son falsos representantes de la clase obrera, cualquier designación que se cuelguen. Van también a lo suyo, como los de Roma y no tienen nada mejor que ofrecer a los supuestos representados ni a la sociedad en general. Diciéndolo con palabras de Daniel de León:

“Así como los Tribunos de la plebe constituían una base estratégica de particular importancia para el patriciado y perjudicial para el proletariado, los líderes obreros actuales son, por razones similares, un reducto camuflado desde el cual la clase capitalista puede planear lo que sin él sería imposible: su obra de esclavización y de degradación paulatina de la clase obrera…”

Haber alcanzado esa visión, hoy innegable y mundialmente válida, en 1902, revela una aguda penetración analítica y una capacidad de síntesis histórica preciosas para el movimiento revolucionario. Tanto más increible parece que hayan permanecido casi universalmente ignoradas. Apenas si algunos bolcheviques tuvieron, tarde, conocimiento de de León. Sirva la presente edición, la primera en español que yo sepa, no tan sólo para rendir justicia al teórico, muerto prematuramente en vísperas de la revolución rusa, sino para alertar al proletariado y ayudar al renacimiento de la teoría, en estos tiempos de tal carencia que cualquier palabreante se cree un cerebro innovador, cualquier pistolero un Espartaco.

G. Munis
Junio 1979